La vecina que no saluda
Hoy estoy enfadada. No es rabia momentánea ni pataleta infantil: es un cansancio que muerde por dentro. Han pasado muchas cosas que te hacen descreer, que erosionan lentamente la confianza en los demás y te dejan en un terreno resbaladizo, donde ya no sabes si lo mejor es implicarte o alejarte.
Se me ha quemado el motor de arranque del coche. Y con él, el dinero que había ahorrado para otras cosas urgentes e importantes se ha esfumado como humo por la ventanilla. Pero no quiero hablar solo de eso. No. Lo que me remueve hoy más que el humo del motor es otra combustión: la de los vínculos humanos. O más bien, la falta de ellos.
Quiero hablar de los vecinos.
De esos vecinos que se creen jueces de tu existencia.
De los que miran desde su balcón con la severidad de quien cree tener la verdad agarrada con las dos manos.
De los que nunca te han saludado en catorce años, pero un buen día deciden hablarte para echarte en cara que tus perros ladran —como si tú no lo supieras, como si no te importara, como si tus perros no fueran parte de tu familia y tú una ciudadana cualquiera sin derechos ni contexto.
No hay diálogo.
No hay humanidad.
Solo hay un ultimátum. Un tono cortante, superior, como si hubieras cometido un delito grave al existir a su lado sin ser propietaria. Es como si vivir de alquiler te restara dignidad ante sus ojos. Como si eso te convirtiera en un estorbo, en alguien sin raíces, sin peso, sin derecho al saludo.
Y entonces una empieza a sentir desarraigo. No por las paredes de la casa, que una cuida con cariño. No por la tierra que riega o el cielo que contempla cada tarde con los perros. Sino por esa mirada ajena que juzga y escupe sin conocer, por ese lenguaje que no se dice pero se impone: “tú no perteneces del todo”.
Yo me pregunto: ¿qué significa ser buen vecino?
¿No es acaso mirar con compasión? ¿Escuchar antes de señalar? ¿Ofrecer ayuda en lugar de lanzar advertencias?
¿Qué nos está pasando como comunidad, como barrio, como calle?
Porque no es solo una queja. Es un duelo. Un duelo por la falta de calor humano, por la pérdida de algo tan simple como el saludo en el portal. Y es también una advertencia, sí, pero no hacia ese vecino altivo, sino hacia nosotros mismos: que no dejemos que la distancia nos deshumanice.
Yo, que he vivido aquí tantos años, con mis hijos, mis perros, mis días buenos y malos, merezco respeto. Como lo merece cualquiera. Porque vivir cerca no es solo cuestión de muros, sino de alma.
Y yo, por mi parte, seguiré saludando, aunque no me respondan. Porque quiero que el sitio en el que vivo no me dé rabia, sino abrigo. Aunque me lo tenga que construir sola.
Y sí, entiendo que los perros puedan molestar. Lo entiendo de verdad. Nadie quiere vivir rodeado de ladridos, y mucho menos de noche. Pero es que aquí no ladran de noche. Jamás. Y si durante el día algún perro ladra, suele ser un aviso, un momento breve, un ruido puntual que no dura más que las obras de una reforma cualquiera —que, por cierto, son bastante más insoportables.
Lo que no entiendo es la falta de tolerancia. No entiendo el tono amenazante, el juicio sin conocimiento, el reproche de quien nunca te ha dirigido la palabra. Ni siquiera un “hola” previo. Nada. Solo una descarga de sospechas y acusaciones como si una viviera en deuda con el vecindario por cuidar animales que no son “suyos”.
Claro que no todos los perros son míos. Es una colaboración. Es una ayuda a mi hijo. Lo he explicado, pero no parece importar. Porque aquí lo que duele no es tanto la queja, sino la forma de hacerlo. Y el juicio. Ese juicio frío y altivo que insinúa que estamos haciendo algún negocio oscuro, como si cuidar perros fuese un delito, como si vivir de forma humilde y trabajar desde casa nos hiciera sospechosos por defecto.
Y cuando le explico que mi marido pasea a los perros todos los días —uno y luego otro— me responde con desprecio: “Poco se ve pasear a tu hijo con ellos”.
Entonces me veo obligada a contar lo que no tendría por qué explicar: que gracias a Dios, mi hijo ha conseguido un certificado de profesionalidad a través de la Fundación ONCE-Inserta Empleo. Que tiene un curso de limpieza en exteriores de abril a junio, y que va todos los días sin excepción.
¿Cómo esta señora lo sabía todo sobre nosotros?
¿Cómo sabía hasta detalles íntimos de nuestra vida mientras yo no conozco absolutamente nada de la suya, más que lo que veo en sus plantas, tan cuidadas como yo cuido a los animales?
Su hija también tiene perro. Lo trae a casa.
¿Eso sí está bien?
¿Dónde empieza y termina la vara con la que se mide la convivencia?
Miro todo esto con tristeza, no por la queja en sí, sino porque a veces una se instala en un lugar con la ilusión de construir un hogar, de formar parte de algo, y un solo gesto lleno de superioridad te hace sentir forastera en tu propio barrio.
Yo quiero vivir en paz.
Quiero que mis vecinos me saluden. Que si algo molesta, lo digan con amabilidad, con empatía. Porque si algo define a una comunidad no es el silencio, sino el diálogo. No es el juicio, sino la posibilidad de mirar al otro y reconocerlo.
No somos menos por vivir de alquiler.
No somos menos por cuidar perros.
No somos menos por tener hijos que no se ajustan a los moldes de siempre.
Somos simplemente personas, intentando vivir con dignidad.
Y yo, pese a todo, seguiré cuidando. A mis perros, a mis hijos, a los que amo.
Porque cuidar también es resistir.


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