Cuando estábamos comiendo hoy las tres personas que quedamos en casa, junto con seis gatos y dos perros, nuestro niño mayor está trabajando en Tarragona, veíamos en la televisión una noticia que realmente me impactó. Decía que Axel Pons, hijo de Sito Pons, lo había abandonado absolutamente todo, viaja por el mundo, descalzo y lleva ya tres años. De modelo y piloto de moto 2, Pons luce ahora rastas, una mochila a la espalda y sus pies desnudos.
La historia de Axel Pons es tan sorprendente como reveladora, un recordatorio de cómo las crisis existenciales pueden llevarnos a tomar decisiones radicales. ¿Un poco de locura? Tal vez. Pero también un despertar, un intento de replantearse el propósito de la vida, lejos de la presión del éxito.
Este tipo de cambios drásticos recuerda a El monje que vendió su Ferrari, el famoso libro de Robin Sharma que, como muchos recordarán, fue un superventas de autoayuda. La historia de un abogado, Julian Mantle, que, después de sufrir un infarto, decide dejar su vida de lujos y estrés para buscar la paz interior en el Himalaya. El mensaje central del libro es que, a veces, tenemos que perderlo todo para encontrar lo que realmente importa: el bienestar, la tranquilidad y la realización personal.
Y aquí introduzco una reflexión importante que, como en muchos de estos relatos, se nos olvida a menudo: la necesidad de dinero. No es fácil abandonar la vida que hemos conocido, las comodidades, la seguridad financiera, para embarcarnos en un viaje de autodescubrimiento. En muchos casos, y esto es algo que no siempre se dice, el dinero puede ser un obstáculo o en otros, una herramienta esencial para hacer realidad esa transformación. Claro que hay personas como Axel que, en un impulso casi romántico, lo dejan todo y emprenden el camino sin más enseres que una mochila y el deseo de encontrar un sentido más profundo a su existir. Pero para muchos otros, especialmente en la sociedad actual, solo tener recursos es lo que nos permite poder tomar esa decisión, ya sea para viajar o para vivir sin la presión constante de tener que ganar más para seguir sobreviviendo.
Es interesante cómo algunas personas, como Axel, parecen dar el salto sin mirar atrás, mientras que otras, como muchas de las que nos rodean, necesitamos no solo una liberación mental, sino también económica. Conozco a un chico que se llama Jeremy y se dedica a trabajar en distintas partes del mundo de cocinero, según le ofrezcan los contratos, y, aunque ahora vive con un amigo, hasta el momento lo hacía en una furgoneta alquilada. Me recuerda también al pobre Flo, otro joven muy parecido a Axel, también con rastas, que vivía de la bondad de las personas que le rodeaban y que tuvo la mala suerte de caer al mar mientras cogía percebes para ganarse la vida.
A veces, el dinero no es un fin en sí mismo, sino un medio para poder vivir. Soltemos lo innecesario; cargamos con mochilas muy pesadas, y hagamos espacio para lo verdaderamente importante y para seguir buscando, poco a poco, lo que nos haga sentir vivas, más allá de las obligaciones.
¿Y vosotras? ¿Alguna vez habéis notado ese deseo de cambio? ¿Qué os impide dar el salto, aunque sea de manera pequeña, hacia lo que realmente queréis? Al final, la verdadera libertad está en cómo vivimos el momento, y eso sí que está a nuestro alcance, aunque no sea una decisión tan radical como dejarlo todo atrás. ¿Estáis listas para dar el primer paso?


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