Hay palabras que hieren, pero hay silencios que pesan más. Pues claro que no responder es también una respuesta; una que deja huecos donde deberían ir certezas; una que convierte la espera en un eco sordo de lo que nunca llega.
Sé que no es olvido ni despiste. Es una forma de estar sin estar, de seguir presente solo en la ausencia. Y espero un mensaje, una llamada, una mínima señal de que la presencia no se ha desvanecido del todo. Pero el silencio sigue ahí, inmutable. Y con el tiempo, se aprende a escucharlo.
Porque el silencio también habla. Dice «no me importa», dice «no quiero saber», dice «hazlo tú». Dice tantas cosas que, al final, no hace falta oír nada más. Y un día, sin hacer ruido, también se aprende a responder con silencio. No como castigo, sino como certeza. Porque hay ausencias que no merecen más palabras, porque llega un momento en el que el único sonido necesario es el de los propios pasos alejándose.
Vladimir y Estragón también esperaban. Día tras día, bajo el mismo árbol, con la promesa de que «mañana vendrá», con la certeza de que Godot traerá consigo una explicación, un propósito, tal vez una señal. Pero Godot nunca llega, y mientras tanto, ellos repiten gestos, frases, pensamientos, como si el simple hecho de esperar los mantuviera a salvo de la verdad más cruel: nadie vendrá, nadie les dirá qué hacer, nadie les salvará.
Y yo me pregunto, ¿cuántas veces he sido como ellos? Esperando un mensaje que no llega, una disculpa que nunca se ofrecerá, una presencia que ya decidió no estar. Me quedo bajo el mismo árbol, repitiendo los mismos gestos, convenciéndome de que «quizá mañana», de que «tal vez todavía».
Pero hay un instante en que la espera se vuelve absurda, en que el peso del silencio se hace más real que cualquier promesa. Ese es el momento en que dejo de esperar y empiezo a caminar.
¡Adiós!


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