
Cada día tiene su propia historia, pero no todas se escriben con palabras grandes o momentos memorables. En su mayoría, mis días son una serie de gestos simples, casi imperceptibles, que parecen no llevar a ninguna parte. Y, sin embargo, algo dentro de mí sabe que en esos detalles minúsculos está la verdadera esencia de lo que significa vivir.
Imagina una mañana cualquiera. Despierto antes de que el sol se asome, aun en penumbra, cuando el silencio se siente espeso y reconfortante. Cada movimiento es pausado. Pongo los pies en el suelo, respiro, y la promesa de hacer algo útil –algo que ni siquiera yo sé bien qué es– me impulsa hacia adelante. Como si el día mismo fuera un terreno desconocido que debo recorrer paso a paso, sin expectativas, pero con una fe casi obstinada de que llegaré a algún lado.
Hoy, el café sabe un poco más amargo, y el aire, se siente más frío. Me envuelvo en un suéter, preparo una lista mental de las cosas que tengo por delante y comienzo. Son esas pequeñas tareas, las que parecen insignificantes, las que terminan tejiendo el telar de mi esfuerzo. No hay nada épico en poner en orden los papeles, en ajustar una labor tras otra. No hay público ni luces, pero ahí, en medio de lo ordinario, encuentro un leve consuelo.
A media mañana, me asomo por la ventana y miro cómo el mundo sigue girando: gente que pasa, el viento que mueve las hojas, el leve rumor de una ciudad que vive, ajena a mi propia rutina. Y en ese momento, en la calma del paisaje, siento que mi esfuerzo encuentra eco en cada uno de esos elementos. Como si ese empeño silencioso mío fuera parte de algo más grande, un hilo en la trama de la vida que cose mis pequeños actos con el ritmo del universo.
Esos días, al final, me recuerdan que el valor no siempre viene de lo grandioso, sino de la suma de esos pasos diminutos y constantes. Aunque nadie lo note, aunque mañana empiece de nuevo, sé que cada día es una historia en sí misma. Porque a veces, el verdadero triunfo es seguir avanzando, sin necesidad de llegar a ningún sitio. Simplemente podemos estar, aquí y ahora, construyendo nuestro propio camino, pero con un paso de cada vez.
Me siento muy minúscula.

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