El legado de las madres y las abuelas en nuestras vidas

Hoy quiero rendir un homenaje a todas las madres y abuelas que, con su amor incansable y su sabiduría silenciosa, nos sustentan en el camino. Ellas, con su presencia discreta pero firme, nos dan la fuerza para seguir adelante cuando el mundo parece demasiado pesado. Son las que nos enseñan a resistir, a ser fuertes, a cuidar de nosotras mismas y de los demás. Las que, sin pedir nada a cambio, dan todo lo que tienen para vernos crecer y encontrar nuestro propio camino. A ellas, gracias. Porque sin su apoyo, sin su amor, muchas veces nos perderíamos en medio de la tormenta.

El susurro de lo que queda

En el corazón de un pueblo donde el tiempo parecía detenerse, vivía Alma. La casa en la que había nacido, y donde su madre había vivido antes que ella, era de madera vieja y piedra, como si la vida se hubiera ido grabando en sus paredes. A veces, Alma pensaba que su casa era un cuaderno olvidado por los años, lleno de palabras que nadie se atrevería a leer, pero que aun guardaban algo de historia.

Alma caminaba sola en las mañanas, sin prisa, con la misma tranquilidad con la que su madre había vivido. A veces, en sus paseos, le parecía que la casa la observaba, como si esperara que ella hablara con las paredes, que contara lo que había olvidado. Pero Alma no decía nada. Solo miraba el paisaje, las montañas que rodeaban el pueblo, las flores que nacían sin pedir permiso, y pensaba en todo lo que había pasado, lo que había quedado atrás, y lo que aun debía sanar.

Esa mañana, como todas las demás, decidió que debía ir al jardín. Cuando abrió la puerta, el viento le acarició la cara, trayendo consigo el olor a tierra húmeda. Su madre siempre decía que el viento era el susurro de los muertos, y Alma lo creía, aunque nunca lo dijo en voz alta. Siempre pensó que las madres tienen la capacidad de hacer que todo suene natural, aunque esté lleno de misterio.

Alma se inclinó para recoger algunas flores, como lo hacía su madre antes, cuando todavía tenía las manos fuertes y la sonrisa que nunca desaparecía. Mientras cortaba una flor, acto que realmente no le gustaba mucho por respeto a la vida de todo ser, un pensamiento le cruzó la mente: «La vida nunca pasa, solo cambia». Lo repitió en su cabeza como un mantra, como si intentara entender algo que siempre había sabido, pero que ahora, con el paso de los años, tomaba una forma diferente.

Aquella tarde, cuando regresó a casa, encontró algo que no esperaba. En el vestíbulo, donde el polvo parecía bailar con la luz de la tarde, había una caja de madera que no recordaba haber visto nunca. Estaba llena de cartas, las cartas de su madre, las cartas que había escrito a lo largo de su vida. Alma las abrió una a una, sintiendo el peso de las palabras, de los recuerdos que la envolvían. Cada carta hablaba de algo distinto: de la juventud, del amor, de las despedidas que llegaron sin aviso. Pero había una que destacaba, una que parecía reciente, escrita con la misma letra que Alma conocía tan bien, aunque mucho más temblorosa.

«Querida Alma», decía la carta, «sé que a veces sientes que todo se ha ido, que las huellas de los días pasados se han borrado, pero recuerda esto: no te olvides de vivir. Porque en la vida, no es la ausencia lo que duele, sino el miedo a que lo que amamos desaparezca sin que hayamos aprendido a darle valor. Yo siempre estaré, incluso en los lugares donde ya no puedo estar».

Alma cerró los ojos y sintió que algo en su interior comenzaba a desatarse, como si una cuerda tensa se hubiera aflojado. Miró la casa que la rodeaba, el jardín que crecía sin pedir permiso, el viento que seguía trayendo los ecos del pasado, y por primera vez, se dio cuenta de que las ausencias no eran vacíos, sino espacios llenos de lo que nunca se había ido.


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