Estaba en ese estado mágico, casi místico, al que los gurús de la creatividad llaman «fluir». Las palabras salían de mi cabeza como si estuviera canalizando la sabiduría de generaciones enteras. Me sentía enérgica, productiva, ¡imparable! Hasta que… algo me arrancó de ese trance perfecto: un olor.
No cualquier olor, ojo. No era el aroma reconfortante de algo asándose suavemente o del café recién hecho. No. Era la inconfundible llamada del fracaso culinario. Un aroma oscuro, literal y figurativamente.
¡Los cacahuetes!
Ah, esos pobres cacahuetes. Habían entrado a la freidora de aire llenos de esperanza, confiados en que saldrían de ahí crujientes, dorados y gloriosos. Pero no. Mientras yo escribía, absorta en mi mundo, ellos pasaron de ser un snack prometedor a un carbón minimalista digno de una exposición de arte moderno.
El peor momento fue abrir la freidora. “¡Esto te pasa por no vigilarnos.” Y ahí estaban, reducidos a un montón de bolitas negras y tristes, no tan negras, lejos de su propósito en la vida que hasta sentí un poco de culpa.
Y aquí viene la ironía: estaba escribiendo sobre aprovechar el tiempo, ser eficiente y vivir en el momento. Pues vaya. Parece que los cacahuetes me han dado una lección práctica sobre los peligros de dejarse llevar demasiado por el fluir.
Moraleja: el arte de fluir está bien, pero no olvidéis programar un temporizador para esas pequeñas cosas que necesitan nuestra atención mundana. O podríais acabar como yo, aireando la cocina y preguntándoos si los cacahuetes carbonizados cuentan como comida “low carb”, o sea, baja en carbohidratos.


Deja un comentario