Las mujeres han sido reducidas a imágenes, a siluetas sin voz, a poses diseñadas para la mirada ajena. En los anuncios, en las películas, en las revistas, en la política, en la vida cotidiana, todo está diseñado para que el cuerpo de la mujer sea visto, deseado, consumido, pero rara vez escuchado o tomado en serio. No es casualidad, no es una coincidencia. Es un mecanismo de control que lleva siglos perfeccionándose.
Desde la publicidad hasta las redes sociales, se nos ha convertido en objetos moldeables, mercancía de la industria de la moda, del entretenimiento, del placer. Nos trocean, nos diseccionan en partes: labios entreabiertos, piernas largas, piel impecable, una cintura diminuta que se curva con la precisión de un algoritmo. En todos estos medios no resultamos protagonistas de nuestra propia historia, sino accesorios, decorado, complemento de una narrativa masculina que dicta lo que debemos ser. ¿Cuántas veces hemos visto a una mujer en un anuncio de coche sin otra función que la de adornar la escena? ¿Cuántas películas han reducido a sus personajes femeninos al “interés romántico”, a la mujer que sufre, a la que apoya al héroe pero nunca es el héroe?
Y cuando no somos un objeto de consumo, el sistema nos impone otra trampa: nos exige alejarnos de la feminidad para ser tomadas en serio. Se nos dice que para tener autoridad debemos endurecer nuestra voz, hablar como ellos, vestir como ellos, adoptar su manera de estar en el mundo. Nos han convencido de que debemos moldearnos a su imagen, pero incluso cuando lo hacemos, seguimos estando fuera de lugar. Porque el problema nunca fue el tono de nuestra voz, ni nuestra forma de vestir, ni nuestra manera de ocupar los espacios. El problema es que este sistema nunca estuvo pensado para nosotras.
Nos vendieron falsas opciones: ser la mujer perfecta o la mujer fuerte, la que cumple con el ideal de belleza o la que lo rechaza completamente, la que es madre y cuidadora o la que se vuelve “uno de los chicos” para que la respeten. Pero todas estas opciones son jaulas, formas distintas de domesticarnos, de encasillarnos en una estructura que sigue sin darnos poder real. Porque, en el fondo, el miedo del patriarcado es que no nos definamos por oposición a ellos, sino que nos construyamos desde nuestra propia esencia, sin pedir permiso.
Y mientras tanto, nos dicen que somos libres. Que ahora tenemos el control. Que decidimos qué mostrar, cuánto cobrar, a quién vendernos. Que ya no hay explotación porque es “voluntario”. Nos llaman empoderadas por monetizar nuestra imagen, pero no nos dan otras opciones. Nos dicen que esta es nuestra revolución, que ahora sí tenemos capacidad de acción. Pero la realidad es otra.
OnlyFans no nos libera del patriarcado, solo nos da un asiento más cómodo en la jaula. No es una revolución, es una actualización del viejo sistema. El mercado sigue dictando qué vale y qué no. La rentabilidad sigue atada a la juventud, a la belleza, a la disponibilidad para el deseo masculino. Pero la mirada sigue sin ser nuestra.
Nos han domesticado tan bien que ahora nos vendemos a nosotras mismas. Y si nos atrevemos a señalarlo, nos llaman puritanas, moralistas, envidiosas. Si participamos, somos objeto. Si nos salimos, somos invisibles. No hay opción en la que la mujer sea simplemente humana.
El feminismo no puede reducirse a elegir entre hipersexualización o precariedad. No hemos luchado tanto para terminar peleando por quién se vende mejor. No hemos sobrevivido a siglos de opresión para conformarnos con nuevas cadenas que solo han cambiado de forma. No se trata de juzgar a las mujeres que participan en este sistema, sino de señalar que este sistema no nos da alternativas reales.
¡Basta! Basta de hacernos creer que ser mercancía es sinónimo de libertad. Basta de ponernos en un escaparate para ser validadas. Basta de definir nuestra capacidad real en función del deseo ajeno. Basta de reproducir una lógica que nos está haciendo daño.
Porque ser mujer no es una versión inacabada de ser hombre. No es algo que deba justificarse ni adaptarse. Ser mujer es suficiente. Y en un mundo que nos quiere dóciles, eso es lo más peligroso que podemos ser.
¡Basta! Nos está haciendo daño.
Y este clásico de The Police no tiene desperdicio.


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