Nos dijeron que habíamos avanzado. Que ya no teníamos de qué preocuparnos. Que podíamos votar, estudiar, trabajar. Que el machismo era una sombra del pasado, que éramos libres, que la igualdad era la misma para todo el mundo. Nos lo dijeron con la boca pequeña, con la condescendencia de quien no sabe –o no quiere saber– que seguimos contando a las muertas, sumando las violadas, soportando el acoso, esquivando la violencia en cada esquina, en cada casa, en cada puesto de trabajo.
Nos llamaron exageradas. Nos dijeron que el feminismo ya no tenía sentido. Mientras nos siguen matando. Mientras nos siguen violando. Mientras nos siguen acosando. Mientras la justicia duda, los medios relativizan y la sociedad, en muchos casos, calla.
Nos siguen exigiendo pruebas, comportamientos impecables, pasados intachables. Nos piden calma, paciencia, comprensión. Nos exigen presunción de inocencia para ellos, cuando nunca nos han dado ni el beneficio de la duda a nosotras. Nos repiten que hay que confiar en la justicia, pero nos siguen obligando a probar lo que llevamos siglos denunciando.
La repugnancia no está solo en el agresor. Está en la impunidad. En el silencio que protege. En el sistema que justifica. En las instituciones que dilatan. En quienes prefieren defender el prestigio de un hombre antes que la dignidad de una mujer.
Los nombres cambian, pero la historia se repite. Los agresores son los mismos de siempre, con distintos apellidos y diferentes excusas. Rubiales, Errejón, Monedero. Futbolistas, políticos, empresarios, profesores, maridos, amigos, desconocidos en un callejón. Hombres que usan el poder como escudo. Hombres a los que la sociedad aun concede el beneficio de la duda, mientras nosotras seguimos justificándonos, defendiéndonos, temiendo y sobreviviendo.
Este 8 de marzo no queremos homenajes vacíos. Queremos justicia.
–Aplicación inmediata y firme de las leyes. No queremos más agresores en la calle, ni más expedientes archivados, ni más denuncias que acaban en la nada.
–Que se respete a las víctimas. Basta de interrogatorios que las humillan, de medios que las exponen, de jueces que las revictimizan.
–Que la justicia no sea un suplicio. Que denunciar no sea más duro que la agresión.
–Que la sociedad actúe. No es «cosa de parejas», no es «un malentendido», no es «un caso aislado». Es violencia, y hay que señalarla.
¡Nos queremos vivas, nos queremos libres. Nos queremos lejos de la duda, de la vergüenza, del miedo! Este 8 de marzo no es una conmemoración. Es un grito. Un golpe en la mesa. Una advertencia.
✊ Por las que ya no están. Por las que resisten. Por las que vendrán. ✊


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